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Sobre STC...

Sic Transit Chamaeleonidae (o Así Transita el Camaleón) es ver la vida como un colorido y rapaz reptil. Cambiante, inconstante y a veces exasperante, este camaleón tiene una sola pregunta en la boca: ¿Qué puede cambiar la naturaleza de un hombre? La respuesta, por algún lado en estas líneas.

De la realidad y el lenguaje


Los humanos estamos en la perenne búsqueda del ser, en la eterna persecución de una pregunta ancestral: ¿Quiénes somos? En intentos fútiles que mueren a los pocos meses, años, siglos, nos hemos nominado Homo Sapiens, Homo Mediaticus, Homo Aestheticus, Homo Politicus; no obstante, todavía no nos hemos creado una concepción válida, inmutable, como las ideas del mundo platónico, de esta forma de vida tan caprichosa, tan maleable, tan incierta. No nos conocemos, nunca lo hemos hecho.

Desde nuestro albor como raza, hemos optado por no desfallecer en el intento de conseguirnos. A través de la razón, hemos comenzado a tejer una idea de quiénes somos a partir de lo que nos rodea. No en vano decía Nietzsche, desde la boca de Zaratustra, que la voluntad predominante en el ser humano es la “voluntad de volver pensable todo lo que existe” para poder finalmente concebirse, conocerse, comandarse a sí mismo. Y, sea hecha de forma empírica o sistemática, científica o analítica, poética o retórica, política o ermitaña, esta tarea enfrenta un serio impedimento que corresponde a la naturaleza misma de nuestra existencia: presenciamos atónitos una realidad infinita, que es la cara opuesta de nuestra vivencia encerrada en una jaula de tres dimensiones, sujeta a la vejación del tiempo y a los grilletes del espacio. Estamos de pie en un lado de la moneda, tratando vanamente de curvarla para ver su otra cara. Ante un mundo inmortal que percibimos con cinco sentidos mortales, de carne, fibra y hueso, quedamos anonadados por las interminables y caóticas posibilidades.

Aún así, no hemos desfallecido. Creamos mecanismos para intentar, si bien lentamente hasta ahora, conocer este Universo y sabernos parte de él. En algún momento se construyó la noción de que esta búsqueda era común para todos los seres humanos, y gracias a ella nació la herramienta que nos permitiría intercambiar parcelas de realidad, de juntar todo lo que nuestros sentidos nos transmiten individualmente a una suma colectiva de cogniciones: el lenguaje. Con él, hemos categorizado la realidad, la hemos abstraído, guardado, moldeado y encriptado para sabernos dueños de ella; hemos llegado a convenciones nominales para creernos más cerca de la verdadera concepción, la idea platónica, de lo que somos, de lo que hacemos en esta realidad. Hemos entendido que somos dicotómicos al ser libres de elegir y presos de nuestras elecciones a la vez, pero lo más importante es que hemos trascendido nuestros cuerpos para ver el mundo, la realidad, el Universo, a nosotros mismos, con los ojos del prójimo y para escucharlo de labios que no son los propios.

De cierta forma, el lenguaje cada vez nos acerca más a una realidad común, como si todos los sentidos estuviesen a tono en un solo individuo. En ese momento, cuando todas las personas seamos una sola persona, será que podremos comenzar a conocernos.

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