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Sobre STC...

Sic Transit Chamaeleonidae (o Así Transita el Camaleón) es ver la vida como un colorido y rapaz reptil. Cambiante, inconstante y a veces exasperante, este camaleón tiene una sola pregunta en la boca: ¿Qué puede cambiar la naturaleza de un hombre? La respuesta, por algún lado en estas líneas.

Del miedo a la muerte y el contrato trascendental jueves, noviembre 30, 2006 |

Cuando un ser humano muere, pasa a convertirse en cenizas y polvo, en una carcasa inerte. Su cuerpo físico deja de funcionar, de moverse con libertad propia, para convertirse en un peso muerto. Esta es otra característica que le pone en el mismo lugar, a la misma altura, que el resto de los seres vivos: ellos también mueren, dejan de “ser”. Y es, justamente, el miedo a dejar de “ser” imprevistamente el que alimenta la mayoría de las acciones que, libres o coaccionados, los seres humanos llevan a cabo. No se trata de una lucha por la supervivencia o la victoria del más fuerte, como es el caso de aquellos sumergidos en las eternas dicotomías de la Naturaleza; al contrario, se trata únicamente de huirle a la muerte a toda costa, como si fuese un proceso más apocalíptico que natural. Se trata de ganar una carrera contra un terrible enemigo, cuya presencia es una constante y una siempre negada certeza.

De cierta forma, el ser humano ha conseguido ganar un trecho de ventaja en esta carrera, burlar un poco a la muerte para que se desvíe un poco y poder tener la ilusión de que la victoria es posible. En aras de hacer posible el engaño, ha utilizado distintas fórmulas que comparten una misma característica: la creación de un “algo” estructurado, “algo” que pueda ser pasado de generación en generación para perdurar en la forma de ideas o referentes, aunque la voz no esté.

La primera de estas creaciones es el lenguaje: si bien su propósito original correspondía al fin utilitario de integrar a los seres humanos en bloques capaces de asegurar la supervivencia mutua, posteriormente se convirtió en una herramienta para, según Thomas Hobbes en el Capítulo IV de Leviatán, “servir como marcas o notas”. Sucede entonces que el uso de las palabras y su registro, cuando el cuerpo físico muere, sirven para preservar las ideas, pensamientos e historias del que ha muerto, haciéndole vivir en la memoria de otros hombres y creando un sentimiento de proximidad que no es del todo falso. Mediante contraer o establecer un contrato con el lenguaje, el ser humano es capaz de vivir eternamente a través de lo que transmita a la posteridad.

Las dos siguientes creaciones derivan intrínsecamente del lenguaje y de su habilidad para trascender el tiempo de vida de un ser humano: la Religión y el Estado. La primera, como forma de control social presente en todas las culturas humanas y como creencia generalizada en dogmas dictados por uno o varios seres superiores, primigenios, divinos, ha establecido otro contrato mediante el que se mitiga el temor a la muerte, camuflándolo debajo de la noción de una “vida después de la vida”, que será recompensa o purgatorio de las gestas acometidas durante esta existencia, la emética. Concepciones como la reencarnación, la recompensa de los justos y las espirales descendentes del Hades, demuestran una amplia necesidad de creer que la vida no termina donde la muerte signa su fin. De esta forma, la noción de vivir en un mundo paradisíaco o de eternas llamaradas, hace pensar al acólito que de cualquier forma hay “algo” más allá del trance mortal.

El Estado, como segunda forma de preservación de la vida durante la vida, o incluso después de ella, ha venido cumpliendo su función desde tiempos inmemoriales, tal vez los mismos que la Religión. Éste, como ente regulador, acepta con gratitud la libertad que el individuo pliega a él, a cambio de la salvaguarda de su vida. En este intercambio, otro contrato, el ser humano anima a un ente que no tiene forma para que se convierta en un paladín defensor de su existencia, en un avatar que pugna perpetuamente contra la figura tenebrosa de la muerte. Ese ente maneja a discreción al individuo, imponiéndole una serie de requisitos para que siga defendiendo a capa y espada su cuerpo mortal. Ese ente también le asegura al ser humano que, aunque él muera, sus tradiciones, costumbres, ritos y valores continuarán existiendo en una forma más que abstracta pero sin embargo tangible para el que la experimenta: idiosincrasia.

Hay otras formas de preservación de la vida y lucha contra la muerte que vienen más adelante, gracias a los desarrollos tecnológicos y al conocimiento más profundo de la extraña realidad que rodea al ser humano. No obstante, en estos tres pilares fundamentales se basa la construcción de una existencia eterna, un reducto donde se puede descansar más allá de haberse convertido en polvo y cenizas. Y mientras quede uno de nosotros sobre la faz de la Tierra –o quién sabe, sobre otros planetas- y alguno de estos tres constructos lleguen a ellos, podremos tener la certeza de que ellos también creerán fervientemente que pueden vivir más allá de lo que la carne lo permite. Después de todo, las ideas no están sujetas a los caprichos de la química, la física ni la geografía.

Del Lenguaje y otras malformaciones visuales viernes, noviembre 17, 2006 |

Hablar es, de una u otra forma, regar espejismos. Hablar es otorgar a otros constructos teóricos producidos por un acuerdo social llamado lenguaje, para que sean paladeados, observados, palpados, olidos y escuchados rápidamente; y de su sabor, de su apariencia, de su textura, de su fragancia y de su sonido surjan imágenes singulares en la mente del que recibe esta descarga de sensaciones a través del vehículo de las palabras. Y es que el lenguaje no está más allá de eso: ser un reproductor de sabores que tienen un asidero en la realidad de nuestros 5 sentidos.

No obstante, esta reproducción puede ser sumamente engañosa, a fin de cuentas un espejismo: lo que se cree –y se hace creer- que existe en la realidad no tiene una expresión fidedigna en ella, a veces siquiera cercana. Por ello Aristóteles plantea en su Retórica que es tan fácil encontrar la verdad como lo verosímil, o lo aparentemente verdadero, porque ambos se perciben con la misma facultad. El lenguaje, a la sazón, puede cobrar las características de un ilusionista que dibuja figuras con humos de artificio en la mente de aquel que lo percibe, aprovechándose de las deficiencias visuales inherentes a su fisiología. Cabe entonces preguntarse ¿es el lenguaje productor de deficiencias visuales, o es él mismo una?

Sea cual sea el planteamiento hecho a través del lenguaje, obedezca bien a la retórica o a la dialéctica, se está pactando al aceptarlo con una “realidad” de la que no se tienen pruebas inmediatas, sino lejanos referentes, vagas ideas a fin de cuentas. Y si esa “realidad” se argumenta con suficiente fuerza –o mejor dicho, con suficiente tékhne o arte- el que la pronuncia se puede transformar de procreador de los espejismos, a procreador de realidades. No en vano es de uso recurrente el refrán “una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”, aún cuando no estamos en la capacidad de determinar, dentro del proceso lingüístico, qué es una mentira y qué es la verdad.

De esta forma, el lenguaje pasa a ser un ojo atrofiado por la credulidad: la incapacidad de demostrar sus asideros reales dentro de sí mismo le hacen ser sumamente miope. Mientras más lejos se encuentre el objeto que se está “viendo” a través de él, mientras menos pueda ser sujeto al análisis de los 5 sentidos, más fácil será crear figuras de humo en su respecto como buen ilusionista artificioso, dibujando en el aire paredes que no se tratarán de tumbar por lo verosímiles que parecen. La única fórmula oftalmológica que existe para remediar esta situación: la clarividencia… y los humanos no somos muy duchos en ella.

Ejercicio retórico No. 1 martes, noviembre 07, 2006 |

La vida epicúrea representa fielmente el estado perfecto del Hombre. Cuando él consiga al fin la tan deseada ataraxia podrá vivir en quietud, en plenitud absoluta, pues los miedos y los perjuicios flotarán en el aire del pasado como briznas de paja en los vientos alisios. También lo harán los excesos, la codicia, el hambre de poder que le hacen ser, como lo decía Hobbes, lobos de ellos mismos. Extinguiremos a propósito esta especie de auto-lobos que hemos sido desde que utilizamos la razón.

Epicuro divisó desde su Jardín la Tierra Prometida, que nunca nos fue dada porque la abandonamos hace mucho tiempo: el Edén de la serenidad mental, donde todo es moderadamente placentero, donde se evade el evade el dolor a través de la cuidadosa planeación estratégica, en vez de huir de él como de una repentina tempestad o una borrasca. En el Jardín, el ruido no es más que el sonido de hojas doradas frotándose entre sí al crear melodías de calma. La preocupación por el progreso, por la evolución, por estar en un nivel más alto en el eterno darwinismo social, se irá con la pérdida de la individualidad rampante que nos impulsa a aplastar al vecino.

Cuando ni los sofistas ni la mayéutica sean necesarios, porque la realidad es una con nosotros y nosotros seremos unos con ella, es que podremos alcanzar el nirvana que está más allá del catódico. La polémica se extinguirá, puesto que la única idea que perseverará es la del equilibrio perfecto, conseguir el balance entre las fuerzas que llevan la vida: el polemos simplemente morirá ante una sola idea fija y universal, que es la ataraxia, y nuestras energías se dirigirán a mantenerla en vez de sostener pugnas intestinas con nuestros vecinos para poner nuestro pie sobre su cuello.

Cultivaremos el discurso como una huerta de rosas; observaremos sus espinas y nos maravillaremos ante ellas, y esperaremos largo tiempo para verlo convertirse de un capullo a una flor. No lo utilizaremos más que para hablar con nosotros mismos en un continuo y fluido monólogo. Veremos cómo la retórica progresa, evoluciona y nos sirve para crear mundos nuevos en los que podemos creer porque son creíbles. Esos mundos tendrán la ataraxia como leit motiv único.

Entre esos mundos encontraremos este, donde creemos que alguna vez podremos alcanzar la ataraxia y extinguir a propósito al lobo del hombre, este auto-lobo que siempre hemos sido. En los mundos retóricos también creeremos que podemos evolucionar hacia un estadio de existencia mejor, alejado del darwinismo social, del polemos, de los sofistas y la mayéutica, de las borrascas y del dolor.

Es impresionante cómo la retórica nos puede inducir a pensar que el sosiego es, alguna vez y en algún lugar, posible o incluso verosímil.