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Sobre STC...

Sic Transit Chamaeleonidae (o Así Transita el Camaleón) es ver la vida como un colorido y rapaz reptil. Cambiante, inconstante y a veces exasperante, este camaleón tiene una sola pregunta en la boca: ¿Qué puede cambiar la naturaleza de un hombre? La respuesta, por algún lado en estas líneas.

Reflexiones de Año Viejo / Año Nuevo domingo, diciembre 31, 2006 |

Casi nunca se trata de lo que ya se tiene, porque eso es producto de esfuerzos pasados, de circunstancias pasadas que siempre afectarán quienes somos ahora. Claro, es reconfortante mirar hacia atrás, especialmente cuando se trata de un año como el 2006, tan lleno de satisfacciones personales y grupales, decir "en este año me hice a mí mismo una mejor persona" y sentirse bien por lo logrado. Sin embargo, no olvidemos que cada segundo en el que vemos hacia el pasado es un segundo en el que no le damos la cara al presente.

En estos días salí con un grupo de la Delegación al Modelo de las Naciones Unidas (WorldMUN), y ahí, entre birras y un poco de aburrimiento, conversamos sobre la vida. La conclusión de la noche fue que no se hace lo que se quiere... en realidad, se hace lo que se puede. Con esto no quiero decir que hagamos lo mínimo necesario ni nada de eso; al contrario, hacemos lo que tenemos el poder de hacer. Y querer algo es simplemente buscar la forma de tener el poder suficiente para hacerlo, para decir luego: "hice lo que quise hacer porque pude". Siempre está en nuestras manos mejorarnos a nosotros mismos, mejorar nuestro entorno, evolucionar o involucionar. En nosotros siempre está el poder de cambiar o de mantener igual al pasado nuestro presente. Eso sí, mantener igual es una ilusión, porque si hay algo constante en este mundo es el cambio y nuestra supervivencia en él, en este sitio donde todo el mundo puede -en mayor o menor medida- es adaptarnos a los signos de los tiempos.

Por ello, es tan importante ver siempre hacia adelante, hacia el presente: para adaptarnos, para saber lo que queremos y para poder llevarlo a cabo. El pasado está trepado en nuestras espaldas siempre, y su función de convertirnos en el ser que quiere y puede hacer lo que desee ya la cumplió. Verlo es cuestión de regocijo o de análisis, pero nunca de nuevas vivencias. El pasado no se borrará, siempre estará allí, en esta función que a veces provoca anular llamada memoria. No obstante, cada una de nuestras acciones y reacciones de años, meses, días y horas anteriores contribuyeron a moldearnos, a darnos un conocimiento más profundo de quiénes somos, por lo que borrar algún segmento de nuestra memoria sería, pues, destruirnos un poco a nosotros mismos. Es por este motivo que mientras seamos nosotros, los que hemos formado con el procedimiento de antaño, nos aceptemos y creamos que podemos lograr lo que queremos, no tendremos problema alguno.

Hacer lo que se quiere no es siempre fácil, especialmente cuando no lo hemos hecho en largo tiempo. Sin embargo, si trabajamos lo suficiente para convertir ese querer en un poder, para hacer de él algo suficientemente fuerte como para imponerse en nuestro presente, habremos efectivamente hecho lo que queremos. No olvidemos nunca quiénes somos ni qué hemos logrado, porque en el conocimiento de ello está la cuota de poder de acción que tenemos. Y si no tenemos suficiente... vamos a incrementarla.

Trabajemos por lo que queremos con suficiente ahínco, y creamos en nosotros mismos con suficiente fuerza para que podamos hacer del año que se viene, del 2007, lo que queremos que sea. Hagamos cada día nuestro, cada mes nuestro, y hagamos del 2007 un año al que podamos mirar como vemos el 2006 y sentirnos satisfechos.

Carpe Diem y Feliz Año.

Emocionando la Polis miércoles, diciembre 13, 2006 |

Hacer política no es una tarea sencilla. Y es que poner de acuerdo a cientos, tal vez miles o incluso millones de individuos para emprender cualquier labor de forma conjunta no es algo que se haga a través de un mínimo esfuerzo. No obstante, es posible, tan posible que existieron y siguen existiendo tribus, ciudades-estado, reinos y ahora existe el asombro con el que vemos la pugna entre naciones y compañías. Tan posible es, que esta cantidad incalculable de individuos se reúne en torno a ideas vagas que en el fondo no representan a nadie: Identidad nacional, Idiosincrasia, Patriotismo, Valores comunes, Historia, son conceptos etéreos que sirven sólo de excusa para crear colectivos encargados de perpetuar la especie.

Ahora bien, ¿cómo se hacen esos conceptos que crean colectivos? La respuesta es simple y la dio Jean Jacques Rousseau al escribir sobre el lenguaje y sus orígenes: “No se comenzó por razonar sino por sentir”. El lenguaje, siempre percibido como la expresión de la racionalidad del hombre, tiene su origen primigenio, según Rousseau, en la necesidad de expresar los sentimientos, tal vez en un comienzo para establecer empatía. Entonces, la racionalidad formada a partir del lenguaje es sólo una hija estructurada, procesada y estandarizada de las emociones primigenias. Y los conceptos que sirven para crear colectivos tienen su caldo nutriente en las profundidades de la emocionalidad humana… es por ello que crean una adhesión capaz de burlar por completo cualquier atisbo de racionalidad.

Más aún, cuando los individuos se identifican con una serie de constructos que representan valores específicos, son capaces de mimetizarse con ellos como si se tratase de un vínculo familiar. Ya sea a través del aprendizaje o de la inducción social, el individuo acumula en su seno conceptos que se superponen a su calidad como individuo y lo integran a una masa informe, perdiendo su nombre y su norte entre los inacabables rebaños de la sociedad. Pero no se trata sólo de un fenómeno que ocurre de forma natural y “por ósmosis”: la argumentación para la aceptación de estos constructos es variopinta, basada en técnicas que recurren a la emoción humana, siendo la manipulación emocional una de las fundamentales. No en vano lo primero que se aprende en la oratoria aplicada a la política es el establecimiento de un vínculo empático con los escuchas, para hacerles sentir exactamente lo que se quiere que sientan y, de esa forma, lograr que actúen en consonancia con las palabras arrojadas.

Emocionar a la Polis es, de una forma u otra, la única manera de lograr que esa Polis se mantenga en un mismo cauce, que las diminutas gotas de agua no se disgreguen para formar otro río totalmente distinto, revoltoso y caótico. Es así como Alejandro Magno, hace más de 2300 años, aprendió su lección de Aristóteles al preguntarse si debía explicarle su tarea como gobernante al pueblo griego. El filósofo, padre de la Retórica, le respondió tajantemente: “No les hables de cosas tangibles. Las cosas tangibles se las lleva el viento como si fuesen una brizna de paja. Háblales de la gloria, la Patria, el valor y el coraje, y tendrás soldados fieles para el resto de tu existencia”.