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Sobre STC...

Sic Transit Chamaeleonidae (o Así Transita el Camaleón) es ver la vida como un colorido y rapaz reptil. Cambiante, inconstante y a veces exasperante, este camaleón tiene una sola pregunta en la boca: ¿Qué puede cambiar la naturaleza de un hombre? La respuesta, por algún lado en estas líneas.

Rapsodia periodística martes, octubre 31, 2006 |

“(…) Si los hago llorar, yo reiré, recibiendo el dinero, mientras que si los hago reír,
soy yo quien va a llorar entonces perdiendo mi salario.”
Ión de Efeso, rapsoda.

La información no viaja libremente. Al menos, no a través del lenguaje: alguien tiene que vocalizarla, construirla para llevársela a otras personas. Sea el primero, el segundo o un eslabón más de los cientos o miles que puede tener una cadena de viaje, igualmente ha de procesar, hacerla coherente para poder informar –en el original sentido etimológico de la palabra, es decir, dar forma- una parcela de la realidad y transmitirla al anillo al que se encuentra inmediatamente unido.

Ahora bien, no todos los eslabones se encuentran libremente conectados, porque algunos son incompatibles con otros o simplemente son incapaces de conseguirse. Allí precisamente se encuentra el trabajo del periodista: él debe ser un eslabón portátil que pueda convertirse en la aleación necesaria para conectar al que tiene la información con el que la desea. En ese sentido, el periodista es un producto alquímico maleable, capaz de transmitir esa parcela de realidad a su público de modo tal que éste la entienda, haciéndola parte de su vida.

La labor de los periodistas se compara usualmente a la de los antiguos rapsodas griegos, finos intérpretes y declamadores que llevaban la carga emocional de la prosa del gran poeta a la audiencia reunida para escuchar sus palabras. Esa audiencia quería sentir que estaba en contacto con el poeta, a quien probablemente nunca conocería. Esa audiencia quería reír hasta la saciedad o llorar hasta el abandono, al escuchar el verbo de alguien poseído por las musas. Y el declamador, conocedor de corazón de la obra del poeta, podía llevarles a estos estados de exacerbación.

El periodista, hoy día, recuerda cada vez más al rapsoda griego. Y esta no es necesariamente una comparación bondadosa: al contrario, la lejanía de los dictámenes deontológicos de la profesión es más perceptible mientras más avanza el tiempo. El entretenimiento va ocupando el sitial honorario de la veracidad, y tenemos la imperiosa necesidad de hacer reír o llorar a la audiencia para poner el salario en nuestros bolsillos. Nuestro futuro preocupa, puesto que muchos de los miembros de nuestras filas se han convertido en entretenedores de audiencias, en declamadores en vez de informadores. Pronto perderemos nuestro componente alquímico para convertirnos en anillos de oro.

Nuestro deber no yace en las sonrisas o en las lágrimas. Tampoco lo hace en el salario. Nuestro deber es informar –de nuevo en el sentido de dar forma- la realidad lo más verazmente posible y transmitírsela a la sociedad, para que esta decida por su cuenta si desea reír o llorar con ella.

De Cluetrain y la inseparabilidad de las almas jueves, octubre 26, 2006 |

Hace 7 años alguien entendió que las estructuras verticales de mando que las compañías han venido patentando desde hace tanto tiempo no funcionan con respecto al mercado, porque éste no se puede subyugar: ¿cómo subyugar algo tan heterogéneo, tan complicado y tan cambiante como un mercado?

Hace 7 años alguien le dijo a las compañías en su cara lo que se les ha debido decir hace muchísimo tiempo: tú existes porque yo, el consumidor, el mercado, te necesito. Pero tú tienes que recordar que tú me sirves a mí, no a la inversa. Tú trabajas para mí, porque mi necesidad te creó. Yo te mantengo. ¿De dónde provienen tus ingresos? Tú no me los quitas, yo te los doy. Así que amóscate, porque si no me hablas, yo no te hablo y tú quiebras.

Hace 7 años alguien le dijo a las compañías que su lenguaje artificial no funciona para hablarle a alguien de carne y hueso, aún si éste es parte indispensable (o dispensable, da lo mismo) del motor que creó ese lenguaje. Los clientes y los empleados no son estadísticas: ambos son seres humanos que esperan comunicarse con otros seres humanos, no con entes superiores que les dicten qué hacer desde el Olimpo empresarial. El que se siga imaginando un esquema de Shannen y Weaver como paradigma de la comunicación empresa – empleados - consumidores, está tan equivocado que probablemente dentro de poco su cabeza ruede por Wall Street, por la Bolsa de Caracas, por la calle del vecino.

Y era inevitable que esto sucediera así, porque los mismos perfectos engranajes de la compañía, que hacen que ella funcione, respire, lata con el ritmo del mercado, se pueden desprender de muchas cosas al entrar por la puerta de la empresa, pero siempre cargan una de ellas encima: el alma. Siempre querrán comunicarse, así tengan que hacerlo a través de las paredes impuestas por una relación de poder vertical. Las almas se tocan todo el tiempo, sin importar las frías barreras que se edifiquen a su alrededor. Negarlas, pues, crea entes huecos, desalmados, meros caparazones de una estructura que ya suena falsa. Negarlas hace de las empresas y compañías monstruos mecánicos, con aceite como único jugo.

En esta tierra tan digital pero tan humana a la vez todos tenemos alma, y todas las almas están, gracias a los mercados (que no son los mercados sino mis mercados, tus mercados, los mercados de él, los mercados de nosotros...), en perpetua comunicación. Es en estos mercados donde hablan y se entienden nuestras almas. Entiéndase, por ende, que todo lo que parezca falso, incoloro, que se vea más como Frankestein que como el que te ve desde el espejo, no lo admitiremos. Señoras compañías: dejen de esconder sus almas, porque el disfraz provocará su muerte.

De la realidad y el lenguaje domingo, octubre 15, 2006 |


Los humanos estamos en la perenne búsqueda del ser, en la eterna persecución de una pregunta ancestral: ¿Quiénes somos? En intentos fútiles que mueren a los pocos meses, años, siglos, nos hemos nominado Homo Sapiens, Homo Mediaticus, Homo Aestheticus, Homo Politicus; no obstante, todavía no nos hemos creado una concepción válida, inmutable, como las ideas del mundo platónico, de esta forma de vida tan caprichosa, tan maleable, tan incierta. No nos conocemos, nunca lo hemos hecho.

Desde nuestro albor como raza, hemos optado por no desfallecer en el intento de conseguirnos. A través de la razón, hemos comenzado a tejer una idea de quiénes somos a partir de lo que nos rodea. No en vano decía Nietzsche, desde la boca de Zaratustra, que la voluntad predominante en el ser humano es la “voluntad de volver pensable todo lo que existe” para poder finalmente concebirse, conocerse, comandarse a sí mismo. Y, sea hecha de forma empírica o sistemática, científica o analítica, poética o retórica, política o ermitaña, esta tarea enfrenta un serio impedimento que corresponde a la naturaleza misma de nuestra existencia: presenciamos atónitos una realidad infinita, que es la cara opuesta de nuestra vivencia encerrada en una jaula de tres dimensiones, sujeta a la vejación del tiempo y a los grilletes del espacio. Estamos de pie en un lado de la moneda, tratando vanamente de curvarla para ver su otra cara. Ante un mundo inmortal que percibimos con cinco sentidos mortales, de carne, fibra y hueso, quedamos anonadados por las interminables y caóticas posibilidades.

Aún así, no hemos desfallecido. Creamos mecanismos para intentar, si bien lentamente hasta ahora, conocer este Universo y sabernos parte de él. En algún momento se construyó la noción de que esta búsqueda era común para todos los seres humanos, y gracias a ella nació la herramienta que nos permitiría intercambiar parcelas de realidad, de juntar todo lo que nuestros sentidos nos transmiten individualmente a una suma colectiva de cogniciones: el lenguaje. Con él, hemos categorizado la realidad, la hemos abstraído, guardado, moldeado y encriptado para sabernos dueños de ella; hemos llegado a convenciones nominales para creernos más cerca de la verdadera concepción, la idea platónica, de lo que somos, de lo que hacemos en esta realidad. Hemos entendido que somos dicotómicos al ser libres de elegir y presos de nuestras elecciones a la vez, pero lo más importante es que hemos trascendido nuestros cuerpos para ver el mundo, la realidad, el Universo, a nosotros mismos, con los ojos del prójimo y para escucharlo de labios que no son los propios.

De cierta forma, el lenguaje cada vez nos acerca más a una realidad común, como si todos los sentidos estuviesen a tono en un solo individuo. En ese momento, cuando todas las personas seamos una sola persona, será que podremos comenzar a conocernos.

Pirrus miércoles, octubre 04, 2006 |

Nothing can stop me now, 'cause I don't care anymore.

No siempre ganar las batallas es vistoso, celebrable, decente, lo correcto. El remordimiento de haber sembrado semillas de futuras tormentas en suelos otrora áridos es tan ineludible como el disparo del francotirador bien entrenado. La pugna interna por reconocerse como galán de la película, general laureado y aclamado por virtudes y multitudes va muchas veces en contraposición con el otro, el gemelo desprovisto de honor, de laureles y cítaras que canten a muchas voces... en fin, el que realmente ganó la batalla.

Es inevitable la guerra. La vida sin guerra es la sal sin el escozor. Es inevitable ganar, perder y terminar sumido en la meditación de la victoria costosa: el terrible juicio de los tribunales de la conciencia. La devastación que se lleva adentro, el espejo que todo lo pervierte, incluso los ideales más demagógicos.

Hay batallas que son victorias pero no se sienten así. Los cráteres en el campo de batalla germinarán odio, no tendrán sobre ellos estatuas de bronce que explique quién los creó. Es entonces cuando el director de las orquestas de destrucción se sienta en el árbol caído a sollozar. Muchos hombres han muerto, muchas vidas se han perdido y el beneficio no pasa de ser más que un soplo de morfina al ego.

La victoria es tan vacía como un engaño de nuez... la energía desperdiciada duele más que lo que la morfina puede lograr. Y cuando se va el efecto, el tribunal es tan férreo como la voluntad del general.

Tides of Change / Elegía al verano lunes, octubre 02, 2006 |


Deberías terminar pronto. Siento una presión extraña en la nuca cada vez que te acercas, cuando te veo venir con la espalda volteada al viento, empujada por alientos del trópico hacia mí y mi vida. Colapsamos, tú y yo, yo tolerándote a duras penas, tú que ni te das por aludida. Y entonces, caos. Caos en mi existencia de rompecabezas prearmado de donde desprendes piezas, que haces volar en direcciones distintas, como estrellas ninjas cortantes, lacerantes, con efecto de búmerang. Ellas vuelven cambiadas, desconocidas, y claro, queda como tarea del cátcher natural en el que me convierto cuando vienes tú agarrarlas, frenarlas, quedarme sin falanges en el proceso de ponerlas de nuevo en su sitio. Y, naturalmente, no encajan, hay que forzar esas piezas para que formen un cuadro totalmente distinto del que se desprendieron... el rompecabezas anterior se destruyó, este es uno nuevo. Uno nuevo donde yo no encajo en el centro como solía hacerlo, por lo que me muevo al borde de un risco, me tiro con los ojos abiertos, a sabiendas, me despellejo contra el suelo y vuelvo a nacer. Como el fénix, pero sin el fuego. O tal vez él esté sólo en el temperamento irascible. Quién sabe.

Yo sé que muero y nazco cada cinco minutos, a eso no le tengo miedo. Tú me llamas la atención sobre eso, y no me importa. A otros sí. Por eso te tienen pánico. Castañean sus dientes cuando te pintas en el horizonte con tus tenues azules, tus rojos infierno, tus verdes enfermedad. Y ellos de pálido blanco. Pero yo no, te conozco, somos viejos conocidos. Yo sé que eres esa época responsable de mi despellejamiento. Sé que eres inevitable, molesta, arisca e inmortal, como el clima. Pero te diferencias de él: no eres nunca tan constante. Ni remotamente predecible. Sólo te siento pasar como un cambio brusco de temperatura, como un repentino encapotado del viento, cuando ya vas a provocar el temporal. Entonces, todo se moja, se satura de moho, se oxida y se vuelve resbaloso. O venenoso. O se rompe. Es allí cuando saco mis instrumentos de limpieza y me dedico a la labor del conserje. Porque ya estoy acostumbrado a tu intempestividad, a que pases revoloteando sin previa advertencia, a que te instales con tus desiertos movibles a desintegrar mi cronograma vital. A lo que no me termino de acostumbrar es a la falta de orden. Si avisaras antes de pasar sólo de visita, sería muy bueno. Te voy a instalar un timbrecito en la puerta.

Lo que sí te digo que me rompe la paciencia -como sabes, no tengo mucha- es que te instales. Recuerda que eres una tormenta pasajera, algo que dura a lo sumo unos pocos meses. Pero no más. Porque, ¿qué hace uno con recoger un jarrón que tumbas y ponerlo en su sitio, si cuando te volteas a ordenar los cubiertos tumbaste el jarrón y las flores que uno había puesto dentro? Tengo que poner todo en su sitio de nuevo -o nuevo-, y mientras estés por ahí rondando, no soy capaz. No podemos coexistir tú y yo a la misma vez, en el mismo sitio, por mucho tiempo. Dime que te quedarás y yo felizmente me largaré. O te botaré a patadas, y me obligaré a encerrarme en un cascarón inmutable, donde los platos estén en la alacena habitual.

Oye, no te amargues, te invito a pasar de visita cuando tengas que hacerlo, pero entiéndeme, no te puedes quedar. Al fin y al cabo, la experiencia te debe cansar a ti también. Eso de deshacerme la vida con gesto de niña divertida debe cansar bastante. Vete a casa, descansa, y regresa cuando el destino te llame a la puerta y te dé el próximo pasaje de avión. Yo estaré ahí, al borde del risco, viéndote aterrizar, asegurándome de que llegues a salvo para luego tirarme y recibirte, como un hombre nuevo. Te lo prometo.