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Sobre STC...

Sic Transit Chamaeleonidae (o Así Transita el Camaleón) es ver la vida como un colorido y rapaz reptil. Cambiante, inconstante y a veces exasperante, este camaleón tiene una sola pregunta en la boca: ¿Qué puede cambiar la naturaleza de un hombre? La respuesta, por algún lado en estas líneas.

Un pantano llamado Venezuela (III) miércoles, mayo 30, 2007 |

III. Los gases

Vengo de protestar por tercer día seguido con mis compañeros del Centro de Estudiantes de Comunicación Social. También con los de Sociología. Y con los de Economía. Ah, y los de Ingeniería. Y... bueno, mejor no sigo con el conteo porque esto no se trata de una cuestión farandulera, donde pongo los créditos al final. De paso que tendría que poner en ellos alrededor de 20.000 nombres (y perdón si me quedo corto) de facultades y escuelas tan distintas, de Universidades de doctrinas tan diversas, que esos créditos tendrían que partir primero por robarme las listas de inscritos en todas las Casas de Estudio del Área Metropolitana. Esas cosas, los latrocinios y la hacedera necia de listas, le quedan mejor a las personas que sucesivamente han pasado por los gobiernos de Venezuela.

Con lo anterior quiero decir que el despliegue del movimiento estudiantil venezolano es, en resumidas cuentas, masivo. Hay gente de sitios en los que ni idea tenía de que habían universidades que andan protestando, atendiendo a un deber que es suyo desde que las aulas fueron creadas tanto para impartir conocimiento como para debatirlo de forma lógica, coherente y racional. Esperarían que utilizara, en esta ínfula de efemeridólogos que el gobierno de Hugo Chávez nos ha inculcado, el ejemplo de los valientes estudiantes del Seminario y de la Universidad de Caracas en la Batalla de la Victoria para resaltar los valores que esta generación "tonta" tendría que rescatar. Pero no lo haré. No lo haré porque esta generación aprendió de los kamikazes japoneses en los libros de Historia y de los árabes con dinamita amarrada en el cuerpo en la televisión: al final, los familiares de estos héroes con causas se dieron cuenta, luego de llorar y de sentirse orgullosos por los honones recibidos, de que eran más útiles vivos que en pedazos sobre las cubiertas de los buques o convoys norteamericanos.

Y es que nadie recuerda a los mártires cuando son cientos o miles. Pero sí los recuerdan cuando sirven como expresión de un pensamiento plural que se discute, día a día, en una Academia. Sí los recuerdan cuando hablan de sus experiencias en los días de disidencia estudiantil y la ponen como ejemplo de la defensa de principios inalienables, sea en el ámbito social, económico, político o incluso ideológico (para los testarudos que se niegan a dejar fluir las ideas). Sí los recuerdan cuando los ven inmolando sus horas de ocio o estudio en una actividad tan tediosa como estar parados en una plaza, traspasados por un sol inclemente, esperando la decisión de unos supuestos líderes universitarios que se pelean el hueso de la atención pública como hienas flacas.

Para esta generación "tonta" -y pongo el entrecomillado porque el adjetivo lo utilizó Edmundo Chirinos, antiguo Rector de la UCV, en una entrevista de hace unos cuantos meses-, la inmolación de esas horas de ocio o estudio resulta una obra de mártires. A esta generación inactiva políticamente, que se había sumido en el hedonismo intelectual y físico como modus operandi ante un mundo cientos de veces más complejo que el del Rector Chirinos, hacer otra cosa distinta a salir del vicio de la apatía, producto de no hacer nada más importante en la política que rellenar un tarjetón cuando la madre se pone muy ladilla, es una proeza tan o más titánica que la de los venezolanos en el tope del Everest. Concédannos aunque sea el crédito de que hemos avanzado un salto cuántico hacia la noción de ciudadanía.

Antes de que alguien venga con moralismos de antaño, reconozco que la conducta a veces no es la más ejemplar: algunos salen por "los culos", otros salen por aparecer frente a cámaras -enfermedad llamada "pescuecitis"-, y otros combinan ambas en un afán lamentable de asumir cuotas de poder sobre la gente para las que no tienen ni méritos ni habilidades, como las citadas hienas. Pero esos son algunos, tal vez la mitad, tal vez tres cuartas partes, o tal vez sería útil que alguien me ayude pasando un censo entre los de la Plaza Brión para ver por qué carajo están ahí. Pero eso es lo de menos. Lo importante es que están ahí, estamos ahí, luchando por un principio aunque algunos no lo sepan.

Ayer, cuando traté de subirme a la autopista en una corrida de adrenalina que me permitió apedrear a un Policía Metropolitano, fui asfixiado por una bomba lacrimógena que me estalló a menos de un metro de la cara. Y entre los gases de una lacrimógena trifásica que me dejó con temblores y quemadas en la cara, me pareció ver un poco de luz. Quién sabe, tal vez entre los gases de las lacrimógenas esta generación "tonta" encuentre su vocación y pueda construir la Venezuela que discute diariamente en la Academia. Queda esperar a que se disipe el disturbio, se apaguen los ánimos, se callen las consignas y las piedras dejen de volar para ver si eso sucederá.

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Un pantano llamado Venezuela (II) jueves, mayo 24, 2007 |

II. La guerra de las franelas

Los aclamadísimos 49 años de Democracia que llevamos hasta ahora, en vez de perseguir el cuento de hadas de la Venezuela Próspera, como es lógico, han transformado -o hemos dejado que nos transformen- el país en una guerra de franelas. Sí, una guerra de lo que se pone y se quita para adosarse a la causa del momento. Un cambio policromático digno de camaleón: de blanco a verde, de verde a blanco, de blanco y verde a rojo, y ahora de rojo a azul y viceversa en una vorágine de colores. Tal vez Ovejita sea la única beneficiada de estos últimos 49 años.

En el clima de polarización política del gobierno de Hugo Rafael Chávez Frías la guerra de franelas se ha intensificado: ya no se trata de batallar por cambiarla en el momento justo o por absorber el color del otro. No, el esquema ha cambiado: ahora se trata de llevar la franela del color adecuado y tirarle con ella cocos al mono de al lado, con una franela del color opuesto, para ver si se cae del árbol y así quedarse con él. Sólo unos pocos andamos por acá, descamisados y viendo a los monos caerse a cocos, sin sentido ni lógica alguna.

Lo novedoso del proceso que vive Venezuela ahorita es que las franelas ya no son sólo de dos colores. Bueno, sí lo son, pero evolucionamos y conocimos los estampados. La cantidad de marcas en pugna se expandió y da lugar a muchísimos diseños sobre franelas de un color u otro. Sobre el azul, "derechos humanos"; sobre el rojo, "socialismo, patria o muerte". Sobre el azul, "libertad de expresión, hurra RCTV"; sobre el rojo "TeVes y VTV pa' todos". Sobre el azul, "Fuera Chávez"; sobre el rojo "Viva Chávez". Bajo la franela, sin embargo, los monos son los mismos en ambos bandos, iguales a los que andamos descamisados preguntándonos que qué sentido y qué lógica tienen tanto las franelas como los cocos y los estampados.

Y es que en el fondo, las faltas de ambos bandos enfranelados son las mismas. El estampado de moda entre los azules, el de "No al cierre de RCTV", tiene como trasfondo la supuesta protección de la libertad de expresión. Si no sabe que es eso, le puedo sugerir unos artículos: el 57 y 58 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela (o la bicha de franela roja), el 17 del Capítulo 1 de la Convención Interamericana de los Derechos Humanos y el 13 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Ahí encontrará el basamento racional detrás de la lucha por un derecho, por demás instrumental: es un derecho que se ejerce y no se defiende, porque cuando se ha perdido no se puede defender. Pero hablar sobre libertad de expresión no es el punto, aparentemente.

La gota que derramó el vaso de la desfachatez en el discurso de la defensa de la libertad de expresión entre los de franela azul con estampado de leones la presencié en persona el día de ayer. En una invitación para opinar sobre el grandioso e inalienable derecho a expresarse en la sede de la ya casi difunta emisora televisiva Radio Caracas Televisión, o RCTV, intentaron forzarnos a utilizar una franela -¿les suena familiar?-, siendo ésta una condición sine qua non para aparecer en vivo hablando sobre algo que nos habría sido ultrajado minutos antes por un mandril productor general, al obligarnos a vestir de cierta forma y "asegurarse" de que daríamos un mensaje favorable a la televisora. Nos invitó a irnos si no queríamos usarla y así lo hicimos. Por la puerta nos fuimos con nuestros principios a rastras e indignados por el abanderamiento de un derecho fundamental como herramienta para adornar un "funeral technicolor".

Defender un derecho inalienable es, en sí, un principio. Es un deber, es una obligación. Pero defender un medio de comunicación por el simple hecho de que representa un sitio donde se ejerce "la libertad de expresión" es, ante el ejemplo anterior, una grandiosa falacia. ¿Qué clase de libertad de expresión se ejerce cuando las líneas editoriales superan con creces la importancia de la opinión del entrevistado, del invitado o incluso del periodista? Antes de que crean que voy a entrar en una espiral de puritanismo periodístico, cosa que sería medianamente lógica dada mi carrera, les informo para su comfort que no lo haré. Lo que sí les pregunto es, para que saquen sus propias conclusiones, lo siguiente: ¿no es una hipocresía gigantesca abanderarse con un derecho fundamental para violarlo flagrantemente detrás de cámaras, donde nadie se va a enterar?

Aunque parezca poco cónsono con el ejemplo y mi aversión a la forma de hacer televisión de RCTV, yo voy a seguir protestando contra su cierre. ¿Por qué? Simple: porque lo que viene detrás de RCTV es mucho peor. Al menos en RCTV sí hay cabida para las denuncias contra el régimen, al menos RCTV podrá ser obligado a cambiar en el futuro. Al menos RCTV me dará la información básica y necesaria para que los de franelas rojas no me quemen dentro del país. Luego podremos demolerlo para reconstruirlo de nuevo como una televisora que en verdad garantice los derechos fundamentales. Mientras tanto, servirá de ojos lejanos.

Y lo que nos sucedio a unos ahora desilusiondos ucevistas dentro de la sede de RCTV es un claro ejemplo de lo que pasa en todo el país: diferentes colores de franelas, diferentes estampados, pero la misma falta de principios debajo de ellos. El fin justifica los medios, Ley de Talión con todos y para todos. Y lo correcto, ¿qué? Si es para eso, vayamos y matemos a los de colores opuestos, quememos sus franelas mientras las tienen puestas. ¿Qué importa, no? La idea es ganar, ganar a Venezuela. Así sea en cenizas. Los castillos de cenizas son muy bonitos. Los principios luego, porque la falta de ellos no explica para nada que sigamos en este predicamento de ser monos enfranelados, montados en palmeras tirándole cocos al de franela de otro color u otro estampado. Absolutamente nada que ver.

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Un pantano llamado Venezuela (I) |

Now I'm sad to say
I'm leaving it all behind today
Not going back this time
Not going back this time
It's all been seen before
I cannot stay here anymore
No regrets this time...

Nine - Anxiety Report.

I. Mitos, junglas y simios

No he escrito sobre mi experiencia en Europa porque no he tenido ánimos de escribir, porque escribir sobre Europa es hacerlo largo y tendido, y de verdad los dedos no me dan para tanta movilidad. De lo que sí puedo escribir, especialmente hoy, es del dolor que me produce ver Venezuela con los nuevos oculares que me dio salir de las tupidas fronteras nacionales a algo internacional, globalizado. Puedo sentarme ahora y desahogarme en este espacio, ya la gota que derramó el vaso de mi aversión al estado del país se evaporó y forma parte de esta estela de preocupaciones y mini-depresiones de vida que me escoltan últimamente.

Mi perspectiva ha cambiado tanto que Venezuela, desde que llegué, ha representado para mí poco menos que un suplicio. No estoy exagerando ni intentando ser contundente más allá de toda contundencia posible: en realidad me ha resultado difícil, amargo y desesperanzador, porque ver un país pudriéndose hasta los cimientos no es precisamente algo que llene de alegría a cualquiera. Los vapores de este miasma son densos y ocres, y me hacen querer vomitar de la repulsión o llorar cuando convierten en ácido el humor de mis lágrimas.

Estar una, dos, tres o cuatro semanas fuera del país es suficiente para darse cuenta de que esta ruina nos la hemos buscado nosotros mismos. La ley del más vivo configura esta especie de selva donde todos los monos nos lanzamos cocos mutuamente para ver a quién desmayamos y con el árbol de quién nos quedamos. Queremos con tanto afán ser los más beneficiados con el menor esfuerzo, que ni las reglas que hemos creado para la convivencia diaria cumplimos. Ahora, me pregunto yo -tal vez ingenuamente-, ¿qué sociedad puede existir sin reglas que le permitan establecer principios tan abstractos como bien colectivo, igualdad y respeto? ¿Tiene sentido tratar de organizar camarillas de individuos que andan rampantes y caóticos por las calles, maximizando la satisfacción de sus propios instintos y sin consideración del bienestar de los demás? Y, más allá de tener sentido, ¿vale la pena? Estoy empezando a tener mis dudas metódicas al respecto.

De todos modos, si en Venezuela se llega alguna vez a organizar una sociedad más allá del campamento de indios -como muy bien Adriano González León nos llamaba-, va a llegar un vivo con un cuchillo a cortar el tejido social porque así se puede escabullir por esa red y no aportarle un beneficio al conjunto de "iguales" en el que está inmerso. Hago la salvedad de entrecomillar iguales porque ningún venezolano es igual al otro en término alguno: siempre tiene un cargo público, un hermano en un cargo público, un primo en un cargo público o algún familiar enredado con el Estado que le hace ser distinto, único. Aquí lo que importa es el poder... Poder saltarse los canales burocráticos, establecidos con no otro fin que hacer más eficiente la labor del Estado. Poder ser más chévere y mejor que el otro por tener que trabajar menos duro para lograr lo que el otro logró con más esfuerzo pero con mayor conciencia ciudadana. Claro, el otro por ser venezolano igual, se va a sentir más pendejo, querrá ser más vivo que el vivo que lo dio por pendejo y querrá hacer las cosas con más velocidad, sin importar las desastrosas consecuencias sobre los que le rodean. "No joda, ese creyendo que es más pilas que yo. Ni que fuera Tío Conejo".

Obviamente en el párrafo anterior hay una falacia, porque digo que la burocracia venezolana funciona. Reconozco que es una falacia y corrijo: si esto último fuera así y de verdad la burocracia venezolana funcionara, o incluso si Sistema mismo no tuviera todas sus piñas rotas, tal vez la gente dejaría de cortar el hilo que urde a la sociedad en un colectivo. O tal vez no, cosa que es probable conociendo el carácter díscolo del venezolano. Si las cosas funcionaran, a fin de cuentas, todavía habrían chanchullos, macoyas y quién demonios sabe cuántas otras vertientes de crímenes sin calificar todavía. Es parte de la idiosincracia: ser díscolo a capa y espada sin importar qué tan bueno sea el Sistema, porque igualito vas a encontrar una manera de darle la vuelta y joderlo para beneficiarte.

Luego de aclarar la falacia anterior, el que ahora se siente víctima de una igual o peor soy yo. Los chanchullos, macoyas, la ley del más vivo y toda esa parte de la historia la dejaron afuera cuando de pequeño me vendieron la falaz Venezuela Próspera. Esa Venezuela de cuento de hadas, con su "había una vez un país muy muy rico con gente muy muy saludable". Asumámoslo: Venezuela no es nada saludable y no es un país rico. Ni a patadas. Nunca lo ha sido y mucho menos lo es ahora.

La gente es saludable cuando tiene qué comer, qué aprender y alguna meta, algún intento de autosuperarse, medianamente alcanzable. El país es rico cuando produce, cuando tiene infraestructura y cuando los habitantes que viven en él trabajan y reciben sueldos dignos, que les permitan vivir como seres humanos y no como monigotes guindados de una mata en un cerro. La gente es saludable cuando no está pensando todo el día cómo saltarse los canales regulares, conseguir las cosas sin esfuerzo y sin legalidad, beneficiar a su entorno inmediato o a ella misma sin importarle que su función social no le haya sido imbuida para acrecentar sus utilidades. El país es rico cuando tiene una población educada, civil, que cumple las normas y trabaja diariamente para superarse a sí misma y a la nación que "orgullosamente" encarnan. Nada de eso se cumple, así que ni somos saludables ni somos ricos. Puros pajaritos preñados e irreales... lo único que he estado viendo desde que llegué de Europa.

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