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Sobre STC...

Sic Transit Chamaeleonidae (o Así Transita el Camaleón) es ver la vida como un colorido y rapaz reptil. Cambiante, inconstante y a veces exasperante, este camaleón tiene una sola pregunta en la boca: ¿Qué puede cambiar la naturaleza de un hombre? La respuesta, por algún lado en estas líneas.

Origami lunes, julio 17, 2006 |

Recoge el papel. No lo dejes ahí para que lo pisotee cualquiera. Recógelo y guárdalo en tu bolsillo, porque tal vez lo necesites. Puede que dentro de poco estés totalmente aturdida en el trabajo, con tu jefa gritándote por un oído y el teléfono atacándote con voz de desesperación por el otro. Puede que llegue el compañero de al lado a poner la salsa erótica que siempre te aturde hasta las arcadas. Puede que en las escaleras te agarre el pedigüeño de siempre, que ya te perdió el respeto y te persigue hasta el lobby, de donde lo bota el personal de limpieza a coletazos.

Hazme caso, recógelo. Puede que ya esté un poquito sucio, puede que haya tocado el suelo de la calle, que quién sabe cuántos han escupido, vomitado, meado o sangrado sobre él. Entiendo tu asco, pero entiéndeme tú también: Puedes sacar tu pañuelo, pasárselo por encima y como nuevo el papelito. Sin escupitajos, sin vómito, meado o sangre. Tal vez una que otra lágrima, pero sobre eso no te voy a contar.

Abre tu bolsillo trasero, mételo ahí, si quieres te olvidas de él hasta que llegues a casa, tires el impermeable sobre el sofá, la bufanda sobre el sofá, la chaqueta sobre el sofá, la franela sobre el sofá, el pantalón sobre el primer escalón, el sostén sobre el tercero y la pantaleta sobre el quinto. Puedes olvidarte de él mientras preparas la tina con sales de fruta y aguas calientes, mientras tocas el agua con la punta del dedo gordo del pie para ver si está muy caliente, mientras te abres paso hacia el fondo de la bañera con esos movimientos de jirafa elegante que siempre te he admirado. Puedes olvidarte del papel mientras te acuerdes de mí, echada y cubierta de burbujas, asida de los bordes de la bañera como si fuese un barco que amenaza voltearse en medio de la tormenta. Pero que no se te olvide cuando salgas del espejo nublado en tu bata turquesa y revises el pantalón para saber si perdiste el ticket del Metro de nuevo.

Si quieres déjalo huir con el viento un rato y persíguelo como perseguías los papagayos antes. ¿Lo hacías, verdad? No te conocía, pero ahora te conozco y te puedo imaginar fácilmente persiguiendo un papagayo. Pero que no se te vaya a escapar... el papel, no el papagayo. Porque después te regaña tu papá, qué viejo tan malhumorado. No entiendo cómo lo tolerabas en el apartamento contigo. No es tu culpa que haya enviudado, no es tu culpa que sea un cascarrabias crónico, no es tu culpa que seas su única hija. Increíble que lo único que te reclamo no sea tu culpa. Me refiero al papagayo y no al papel.

Por primera y última vez, préstame atención. Conserva el papel y no lo olvides. Este papel tiene muchísimo de ti. Si quieres, haz una figurita con él. Sí, un origami. Te encantan, te calman y los haces con la destreza perfecta con la que haces todo menos correr detrás de este papel si se lo lleva el viento. Siempre me pregunté que si yo fuera un papel, qué figura harías conmigo. Agarra otro, escribe más o menos esto y haz dos barquitos. Ponlos a flotar en la bañera, en el florero que te regalé para el trabajo, en la taza de café con el perro dibujado. Si quieres húndeme. Dispárame con tus cañones. Ábreme un hueco con el cuchillo de la mantequilla, déjame hundirme y alejarme de ti y de tu barquito triunfador. Es tuya la batalla, el día, la guerra.

Sé que no lo podías creer cuando lo viste por primera vez. Discúlpame si esta es la primera vez. Lo botaste al piso en medio de la calle como te dije que no lo hicieras, o lo vas a hacer ahorita mismo. Y perdón. Perdón. No sé ni por qué lo hice.

Dime, ¿en qué figurita me transformarías en este momento? No importa mucho a estas alturas, de cualquier forma no me voy a enterar. Si tomas mi idea de los barquitos, deja que me hunda, pero recuerda que mi bandera está en el tope de uno de ellos, así sea del que se pierde en el agua.

Este papel fue, es y será lo que tú quieras que sea. Me arrepiento de no haber sido igual que él.

Chau.

Cuando el poder llega así a una revuelta... domingo, julio 16, 2006 |


Finalmente, la crisis actual del Medio Oriente terminó de darme la razón en algo que pensaba desde hace mucho tiempo (específicamente desde 1998): terrorista o golpista no es ni remotamente un buen gobernante. Las personas o los movimientos que utilizan la violencia como estandarte no están muy bien de la sotea, definitivamente.

Dejar que Hamás llegara al poder en Palestina fue un error craso, pero que los libios soportaran al Jezbolá en su frontera y por eso se haya prendido esta sanpablera, es inconcebible. ¿Dónde está la racionalidad de los pueblos? Ah, se me olvidaba, las revoluciones son absolutamente irracionales y el cerebro de los seguidores, los pueblos, las naciones, se licúa y se exuda como serúmen cuando están en pleno apogeo. Nada más falta decir "revolución" para que se alebresten las masas, y los fascinerosos salgan de sus alcantarillados.

Ahí tienen al Hamás anunciando que Israel debe desaparecer de la faz del planeta. Ahí tienen al Jezbolá y a los "pacíficos" palestinos secuestrando y matando soldados israelíes (que, por cierto, uno de ellos es judío-venezolano). Ahí tienen a los iraníes amenazando con lanzar una bomba nuclear a los israelíes si siguen defendiendo su autonomía. Ahí tienen a los israelíes que, siendo sus políticos actuales hijos del terror Franja de Gaza, atacan las fronteras libanesas sin importarles que la "extirpación quirúrgica" se convierta en una terrible gangrena que tal vez se extienda por el mundo como una Tercera Guerra Mundial. Ahí tienen al resto de las potencias que actúan por miedo y por defender "sus intereses", con bombarderos, portaaviones y alistando sus baterías plutónicas. Y, para ponernos más tropicales, aquí tenemos a un presidente (sí, con minúscula, porque la mayúscula es un honor) que apoya a los iraníes en su intención de irradiarnos a todos con átomos de plutonio.

Mi conclusión: los revolucionarios son buenos para quemar las estructuras, pero son un fiasco holocáustico a la hora de dirigirlas. Dejan que el poder los pervierta y los haga máquinas de destrucción masiva.

Let the Holocaust begin. This time, for real.

Metástasis // Malebolgia jueves, julio 13, 2006 |


Ya lo sientes a él sintiendo la luz subir, oscureciéndolo todo por dentro. Ogro. Sientes cómo comienza a estirar los músculos para abrir esa bocaza deforme, en un estertor más parecido a un eructo que a un bostezo. Y lo va a hacer. Tiene miedo, sus órganos de polvo se erizan y piden piedad, que no suceda más. Tú no lo tienes, tratas de quitarle la luz que no sabe usar, para oscurecerlo todo. Él lo hace porque no puede evitarlo, tú lo harías por otros motivos. Tus motivos. Poder.

Estás varios segundos viéndolo atragantarse. Ogro se controla. Ogro ve. Tú no te atragantarías, tú no verías. Tú sólo abrirías tus dientes centenarios y dejarías salir a la luz que baña todo en sombras. Y sonreirías. Ogro creando muertos. Resucitando sin contemplación. Tú eres como ellos, que se paran del suelo sólo con hambre de control. Pero él no, él no es así. A él ellos le asustan, cuando piden más fuerza, resucitarlos a todos. Los clanes completos reanimados, poder. Sientes cómo cede el esófago, cómo se rinde la tráquea, como la garganta se repliega hacia los lados, cómo los dientes chirrían y se desbaratan un poco más. Ogro abre la boca.

Tus ojos siguen el haz de luz morado a través del polvo bajo el techo. El haz de luz morado se concentra sobre su cabeza. Ondea un poco, se reúne como un hielo en retroceso. Entonces, el morado se oscurece, se satura hasta llegar a negro. Flota el negro. La luz negra cae hacia el suelo, como una gran gota sólida. Lo esquiva, Ogro. Él ve con terror la gota. Lo sientes temblando, Ogro. Ogro mueve los ojos en sus órbitas agitadamente, no sabe qué hará ahora que ellos se paren de nuevo. Le pedirán que vomite más luz negra. Otra vez, Ogro. Otra vez se negará.

Un sonido mudo, Ogro. Como siempre, la gota no salpica, el suelo es gran esponja terrosa en las manos de un niño callejero. Se ennegrece, se riega cada vez más rápido. Estalla callado, se levantan las baldosas y vuelven a su sitio, frías, manchadas. Sientes tus pies fríos, Ogro. Ves que él sube los suyos en un gesto desesperado. Está a punto de gritar Ogro. Ya ellos comienzan a moverse. Ya el negro se concentra en su pecho, palpita hacia dentro. Se arrastran poco a poco, Ogro, hacia ti, hacia él. Le muestran sus encías renegridas, su falta de encías, sus cráneos renegridos. Lo alcanzan, sientes cómo dejan pedacitos minúsculos de piel gris pegados a tu mentón. Te miran a los ojos con su falta de ojos y te piden más. Más, Ogro, tú les quieres dar más. Él no debería estar… no. No debería.

Ya se sostienen de pie. Cojean. Maldicen. Recogen sus vísceras. Las ven volverse polvo entre sus dedos callosos, sin piel, huesudos. Y piden Ogro, estamos de pie de nuevo, vamos a tenerlo todo de nuevo. Vomita. Los clanes de nuevo, Ogro. Ármanos. Ves cómo se arrodilla en el suelo haciendo ligamentos fríos, se agarra los pocos cabellos que le quedan con las enormes y convulsionantes manos. Grita no, que no lo hará, pero se calla porque tiene miedo de vomitar de nuevo. Ogro, esta es tu oportunidad. Queremos más. Siempre queremos más. Y siempre nos traerás de vuelta. Se lo darías, poder, lo deseas con toda tu alma. Pero él tiembla en el suelo. Si pudiera, estaría llorando. Si pudiera, se ahogaría él mismo con la luz violeta.

Todos ellos voltean repentinamente. Ogro, sientes el chirrido de sus huesos asustados. Luego, la bota de metal en la puerta de metal. Un trueno. Entran 5, 10, 20, disfrazados de árbol. Árboles blancos y negros con máscaras de gas y ojos rojos. Él sonríe, Ogro, el degenerado deja de temblar y sonríe. Alzan los brazos, enderezan el acero. Más relámpagos. Gritas, Ogro. De nuevo dejan de existir los clanes. Tantas veces han dejado de existir.

Ellos se acercan a él. Le preguntan cuándo dejarás de levantarlos de nuevo. Tenemos que venir a limpiarlos o sino nos comen a todos. Levanta a los nuestros. Ogro. Levántanos a todos y no tendrás que ver a los clanes de nuevo, ni sus pieles grises, ni sus huesos negros. Podrás ver la luz blanca, no sólo la negra. Otra oportunidad para control, para hambre, Ogro. Allí, su sonrisa se desvanece. Va a hacer lo de siempre, Ogro. Lo maldices. Mil y un veces. Otra vez te quita la forma de saciar el hambre, el control. No hay poder. Ogro comienza a fingir arcadas. No hay luz corriéndole por dentro. Se arrodilla, los árboles blancos y negros miran. Vociferan, Ogro. Se van, Ogro. Otra vez, Ogro. Tendrás que hacer algo al respecto, Ogro. No puede ser todo de nuevo así, Ogro.

Dentro de unas horas, la luz morada, Ogro.

Sic Transit Chamaeleonidae miércoles, julio 12, 2006 |


I. Bajo el cielo en llamas

Al final, la vida es un enorme camaleón. Colores ásperos, lisos, repelentes, agradables, fusión de feng-shui con cloaca desértica, cambia a lo largo de su duración para mimetizarse con quién sabe qué diablos. Pero se mimetiza, tiene que hacerlo, porque sino no encuentro cómo cambia tan rápido, tan salvajemente, tirándonos un hueso de felicidad que luego descubrimos de estopa, y nos duele sacarnos después los hilitos que quedan aglutinados, tan profunda y dolorosamente, en las encías de la memoria. En ese momento cambia, se transforma a color lija, y nos pasa por su fuero dejándonos la piel triturada por la rudeza del contacto. Y así va, nos viste de armiño para mutilarnos el torso para construir uno nuevo de titanio para adherirle un imán de nevera, de esos baratos, que dice “Yo soy infeliz” o “Yo amo que me golpeen” o “Viva el masoquismo”.

Así nos lleva de la mano, en un vaivén de construcciones, destrucciones, instrucciones y extrusiones, que apestan a reptil astuto y pegostoso. Tanta sangre fría. Claro, se requiere para voltearnos el humor, los sentimientos y los recuerdos y lanzarlos en el trasto, nombrado de muchas maneras: Mediocridad, Fracaso, Engaño, Desilusión, Muerte.

A veces, cuando la oportunidad se presenta, el camaleón se tiñe de un verde manzana-esperanza, y, obvio, por reflejos semafóricos, uno avanza confiado, creyendo que no viene ninguna dentada u objeto contundente-punzo-penetrante por la otra dirección. Entonces, el camaleón se voltea, mira un momento, y gustosamente -hasta perversamente- cambia a un dañino rojo rutilante, te para en seco con un lengüetazo que te adhiere al suelo irremediablemente. Volteas por un momento, y puede que te des cuenta, si el camaleón tuviese algo que cobrarte, que hay un ligero destello verde-dólar en su tinte rojo. Simple retribución de karma, Talión contigo. El camaleón es darwiniano, definitivamente.

Yo no entiendo a este camaleón. Pensarías que busca en ramas su comida, que insectualiza todo, y hace lo posible por conseguir su sustento. Como haría un animalillo cualquiera. Si tuviese que ponerse lila con pepitas azules, lo haría sin delación, sin pensarlo dos veces, porque ello es necesario para su fin último: comer. Pero, ¿qué fin último persigue este camaleón que montamos inevitablemente, agarrados de las frías escamas con todas nuestras fuerzas para no caernos en la próxima curva ruda del árbol? Creo que si quisiera comernos, todo sería más fácil. Boca, lengua, y todo acaba en un momento. Pero no.

Quizás no sea posible para mí entender a este camaleón. Tengo pruebas en la mano, suficiente baba, y varias escamas filosas y heladas clavadas en la pierna, por lo que sé que definitivamente es un camaleón. Sin embargo, qué quiere, por qué está allí, no lo sé. Mucho menos qué persigue con subirnos al tronco más elevado de algún árbol indeterminado, hacernos inhalar el aire más puro, para luego lanzarnos al suelo y dejarnos colgando de una garrita humilde y frágil.

Si pudiese hablar con él, le pediría que creara algún tipo de señalización, o que cambie con menos frecuencia para darnos tiempo para siquiera entender el cambio que acaba de hacer, o que simplemente termine de joder tanto y sin motivo.

Mientras lo tolero con resignación, sólo me queda algo: mirar hacia arriba, hacia el misterioso cielo en llamas que es la realidad, y esperar que al camaleón no se le ocurra mirarle. Esos colores arden más aún.

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II. Camaleones negros

Cuando un árbol se cae y no hay nadie alrededor para verlo, lo único que podemos tener por seguro es que ese árbol ha muerto. Inevitable, irremisible, inconstitucional (porque el derecho a la vida es de todos), ese árbol será comida de tierras, alimentará multitudes silenciosas que se arrastrarán por su vientre colgando cuadros y adornando el cuarto del nuevo niño. Será devorado, pieza por pieza, entre pasapalos y abonos, hasta que sólo su frágil cáscara quede como testimonio de que alguna vez existió. Y entonces, sólo entonces, el aleteo de la mariposa que le hizo caer lo diluirá, con su tenue toque oloroso a amapolas, entre las arenas del tiempo.

Si la vida es un camaleón, la muerte lo es también. Es menos reptil baboso, es más seco y frío. Tiene una cola finita, que no se alarga con desproporcionadas púas ni instintos de cazador facineroso. Este camaleón nada más es. Es y es y no puede evitar serlo y aunque le dé lástima serlo es. Pero no le da lástima, los camaleones no tienen esos inútiles sentimientos humanos, que ensalzamos hasta hacerlos un salmo de bondad y bienaventuranza. Deberíamos aprender de este negro camaleón.

Dos más dos es igual a cuatro. Dos por dos es igual a cuatro. Donde hay vida, hay muerte. Este camaleón es bueno en las matemáticas, esgrime una tiza nueva cuando nacemos, nos lleva la cuenta, y cuando la escama que nos dedicó se llena de resultados de operaciones aritméticas viene a tragarnos, como si nosotros fuéramos el resultado final de una ecuación de tres cuartos de centuria, que es el promedio de vida del Siglo XXI.

Claro que, siendo una especie zoológica, este camaleón se rige por las reglas que la biología le ha impuesto, y como su credo dice que ha de cambiar de color, él lo hace, pero no para engañar sino para pasar desapercibido. Mimetismo de guerra. No obstante, sus colores son como los de un arco iris atacado con betún de zapatos de charol: la oscuridad natural no se borra.

Tener alguna escama de este camaleón clavada es haber firmado un contrato de vencimiento a 90 días, es haber adquirido una cuponera de descuentos para el próximo encuentro. Por eso, es mejor no saber de él hasta que tenga lista la garrita sumergida en tinta indeleble y la hoja de sauce cercana. Tenerlo en la mente es tenerlo cerca, ¿y qué tan divertido es un compañero que sólo sabe sisear?

Una tarde en el pasto con este ser de difusas sombras es como pasear con el pescadito negro del yin y el yan. No se mueve, reposa, consulta ligeramente con alguna libreta de vida, divisa el objetivo (a veces con ojos estereoscópicos que parecen de moscardón) y extiende la enorme lengua, que tiene sólo la cantidad justa de pegostosa saliva. Tanto alimento diario le evita excesos en las proporciones y aberraciones en la captura. Nunca sufre de indigestión. A este camaleón no le interesan las sensaciones ni el dolor del que muchos le acusan: él simplemente come. El resto lo ponemos las víctimas.

No sé cómo será montar ese camaleón. Yo sigo cabalgando este otro, el colorido que sí tiene complejos y egolatrías; de lo contrario, no estuviese meditando todo esto. Sin embargo, me da curiosidad saber bajo qué cielos trajina el negro de la partida camaleónica, qué cosas bellas ve por esos ojos individualistas. Tal vez sea ciego. Podría serlo con toda verosimilitud. Como la señorita Justicia. Pero nunca lo sabré, y si me entero, veo difícil hacérselo saber a alguien. Todos tenemos un ticket amarillo sólo de ida en este animalito, con transferencia en un lugar desconocido.

Lo que más me impacta de todo esto es que los camaleones no comen ramas ni árboles, ni estarán en sus vientres colgando cuadros o adornando el cuarto del nuevo niño...

De vuelta al blogging martes, julio 11, 2006 |

Comencé un blog en febrero de 2004 en esta misma página. Heck, incluso me puse a aprender HTML para ponerlo "bonito". Pero, por cuestiones de falta de constancia y mala memoria, dejé de actualizarlo y la cuestión se borró, paff y sin aviso.

Como ya me cansé de lo inútil que es MSN Spaces, creo que migraré todas las entradas que tenía allá para acá. Esto permite más personalización y un layout más acorde a lo que quiero transmitir.

Somos comunicadores del siglo XXI y, de cierta manera, nos debemos a la tecnología. Así que haré mi aporte, un granito de arena en la enorme playa de bloggers mundiales. El paso a la Universalidad del blog es que aparezca algún extraterrestre con su propio site (que no creo que esté muy lejos el momento).

Aviso que este no será un blog trascendental para la evolución humana, ni pretendo crear un nuevo movimiento cognoscitivo o filosófico. Este espacio recogerá mis percepciones de la vida, algunos de mis escritos, uno que otro ensayo y probablemente sea un espacio para descargas y tiros a quemarropa contra mi actualidad.

¡Bienvenidos sean los que estén dispuestos a calarse esto!