<body><script type="text/javascript"> function setAttributeOnload(object, attribute, val) { if(window.addEventListener) { window.addEventListener('load', function(){ object[attribute] = val; }, false); } else { window.attachEvent('onload', function(){ object[attribute] = val; }); } } </script> <div id="navbar-iframe-container"></div> <script type="text/javascript" src="https://apis.google.com/js/plusone.js"></script> <script type="text/javascript"> gapi.load("gapi.iframes:gapi.iframes.style.bubble", function() { if (gapi.iframes && gapi.iframes.getContext) { gapi.iframes.getContext().openChild({ url: 'https://www.blogger.com/navbar.g?targetBlogID\x3d12816454\x26blogName\x3dSic+Transit+Chamaeleonidae\x26publishMode\x3dPUBLISH_MODE_BLOGSPOT\x26navbarType\x3dBLACK\x26layoutType\x3dCLASSIC\x26searchRoot\x3dhttp://dfilth.blogspot.com/search\x26blogLocale\x3des_419\x26v\x3d2\x26homepageUrl\x3dhttp://dfilth.blogspot.com/\x26vt\x3d-619709296617150485', where: document.getElementById("navbar-iframe-container"), id: "navbar-iframe" }); } }); </script>

Sobre STC...

Sic Transit Chamaeleonidae (o Así Transita el Camaleón) es ver la vida como un colorido y rapaz reptil. Cambiante, inconstante y a veces exasperante, este camaleón tiene una sola pregunta en la boca: ¿Qué puede cambiar la naturaleza de un hombre? La respuesta, por algún lado en estas líneas.

Una respuesta... sábado, febrero 17, 2007 |

Leyendo una entrada en el blog de una amiga (Memories of a Milk Carton), se me ocurrió responderle esto. Está en inglés, porque su blog está en inglés:

Hey Dea,

You wrap it up in the last statement you make on this particular entry: "Whoever said humans are intelligent beings". We are intelligent, indeed. But rational intelligent beings, all worried about our needs, Maslow and self-growth. And, sadly, throughout the 20th Century we proved that self-growth lies at the end of gunpoint -and missilepoint, considering nuclear warfare threats.

We are facing the advent of our own Apocalypse: no 4 Angels, no natural disaster (even though we might get flooded beyond breathing possibilities), no God throwing lightning in order to destroy an ever-rising race. Not any of those: We are customing our own destruction out of sheer emotions, passions and an underlying sense of martyrdom. Proxy wars (on which you should write about, if war concerns you), territorial devastation and the utter disrespect for your fellow human you show on an everyday walk through the streets are our weapons of choice.

We don't need any external agents, since we are doing our work in an extremely efficient fashion. The excuses for this obliteration work, we crafted them a long time ago, ever since we emerged from caves and started beating the shit out of each other with bone clubs for the right of eating the dead calf. The thing is that, since we are so intelligent, we've achieved enough to craft the semi-perfect mass-killing machines that could wipe us out in a single bang. It's all about efficiency, babe. Efficiency in doing what we've been doing for the past 5 thousand years or so.

Placing trust in a cannibalistic race isn't the best trustfund for your faith. But we can't do much else, can we? Meanwhile, we tell ourselves that we are intelligent, that we can overcome this if the stars align in a likely way. Well, the Universe takes too long to move in an orderly fashion, and we haven't got that long. I bet efficiency will prevail sooner than later. I betcha.

---

Estén pendientes del blog de Dea, que está de verdad muy bueno.

Del ser que no está domingo, febrero 11, 2007 |

Nada más vasto que las cosas vacías. – Francis Bacon

Es un secreto a voces que el hombre contemporáneo vive en un mundo virtual donde lo real no tiene relevancia. El problema de este secreto es que todos lo saben pero no lo conocen. La interconexión a infinitos medios, que representan una realidad lejana e intocable para los sentidos primigenios, se ha convertido en una prótesis tan necesaria como la intubación para aquel al que sus pulmones fallan. Pero no son los pulmones los que han colapsado, sino la conciencia de la verdadera vida, aquella que transcurre ante los ojos con cataratas de información.

El vivir se ha intercambiado, como contrato de garantía, por la necesidad de estar en todos lados. La búsqueda de la omnipresencia formada por el saber la realidad, han conducido a la pérdida del conocimiento; es decir, estar en todos lados y en ninguno de ellos a partir de obtener sólo pequeñísimos fragmentos de lo que transcurre frente a las narices. Estos fragmentos, sin embargo, caen como una lluvia de meteoritos: inalcanzables, indigeribles y chamuscantes al toque… aunque se haya perdido totalmente el sentido del tacto.

El constante bombardeo de partículas estelares ha hecho del hombre contemporáneo un experto en técnicas de túneles y barricadas. Bajo ellas, se entrega a la pérdida del sentido de la temporalidad, al letargo infinito y a la escucha atónita y babeante de ruidos que no consiguen despertarle, justamente por su sonido arrullador. Ya el furor de la diana, la trompeta matutina, no consigue ponerle en pie para desperezarse de una guerra en contra de su propia existencia.

Y es que el hombre contemporáneo, enchufado a un respirador artificial de pedacitos mediados, ha perdido el gusto por saberse partícipe de algo que es real. La necesidad de estar perpetuamente paladeando un océano de posibilidades que resultan imposibles de comprobar, ha creado una fractura entre la noción del ser y del estar. Se ha concluido entonces, en el mundo contemporáneo, que el omnipresente puede verlo todo a la vez y se definirá a sí mismo como un ser. No obstante, ¿de qué sirve ser si no se está?

Comunicarse entre seres con infinitas cargas de metralla informativa ha causado una migración masiva entre dos mundos: el real y el virtual. Y, al paso en el que avanza la tecnología y se reduce la interacción con el mundo real, el ser será uno con el mundo virtual, una figura etérea e intangible de él. El ser será, pero no estará. Y si no está, ¿será?

De los estándares y los seres serializados |


El régimen Nazi, durante sus años de reino en Alemania, recurrió a la numeración serializada con tatuajes para identificar los prisioneros de guerra, especialmente los que deambulaban sin destino, sentido o alimentación alguna en los campos de concentración y de exterminio. Con estos números, conocían al instante su procedencia, afiliación y condiciones médicas, haciendo uso de detalladas listas elaboradas por los agentes de la SS Totenkopf o Cabeza de Muerte, guardianes oficiales de estas instalaciones. Ciertas combinaciones numéricas eran utilizadas para describir la razón de su cautiverio: prisioneros políticos, judíos de primera, segunda o tercera generación y alemanes que se habían “ensuciado” al mezclarse con estos últimos.

No obstante, los tatuajes nacieron ni murieron con la caída del Tercer Reich. Al contrario, se han perpetuado –aunque de manera menos notoria, al menos en el aspecto físico- a lo largo de las distintas etapas de la Historia, en la forma de de estigmas o emblemas que el individuo muestra inequívocamente en su trato social cotidiano. Asuntos como el estrato socioeconómico, el trabajo que lleva a cabo, el nivel de educación y el entorno en el que se desenvuelve, permiten puntualizar al ser humano, esquematizarlo e identificarlo para ser sometido a juicios superficiales por otros seres humanos. De esa forma, los blasones grabados en el individuo por la vida que ha llevado o lleva permiten identificarlo –para bien o para mal- con un estándar, con un grupo que comparte las mismas características.

La modernidad y la posmodernidad se han encargado de fabricar seres que, lejos del concepto de individuos, pueden ser fácilmente agrupados en torno a un “estándar”, extirpándoles toda cualidad de entes originales para convertirlos en un producto inexorable de su entorno, de su pasado y de un futuro prácticamente cierto. La “segmentación de los target” tan recurrentemente utilizada por empresas y medios de comunicación para definir su público objetivo, los censos de múltiples –pero limitadas- categorías y las especializaciones en la formación profesional, han creado progresivamente una gama amplia pero finita de posibles combinaciones para la vida. Así, el humano se ha convertido más en un miembro de un estándar que en un ser mismo: un subproducto fácilmente ubicable entre combinaciones ceros y unos, el resultado de una prensa que repite sistemática y metódicamente una impresión sobre la misma carne blanda que es la materia prima.

El hombre contemporáneo está producido en serie, es un ser serializado. La variedad de las series ha aumentado conforme avanza la tecnología, pero las categorías siguen existiendo. Ya no sólo los sobrevivientes de los campos de concentración cargan a cuesta su tatuaje numerado: todos los que habitamos el mundo contemporáneo llevamos uno, imborrable e imbatible, que permitirá la categorización para propósitos múltiples pero a la vez limitados. Así, perdemos la identidad para convertirnos en uno más de cientos, miles, millones, que estamos recluidos en una pequeña gran aldea global.