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Sobre STC...

Sic Transit Chamaeleonidae (o Así Transita el Camaleón) es ver la vida como un colorido y rapaz reptil. Cambiante, inconstante y a veces exasperante, este camaleón tiene una sola pregunta en la boca: ¿Qué puede cambiar la naturaleza de un hombre? La respuesta, por algún lado en estas líneas.

Despedida


Coño, Julito, te me vienes a morir ahorita, cuando estoy peor que nunca con Alejandra y necesito tus consejos, hermano. Tú eras el único, junto con José Manuel, que entendía todos mis problemas. José Manuel anda por allá todo pálido y no ha dicho ni una palabra hoy, debe estar tan deprimido... es que tú eras nuestro mejor amigo, nuestro puente, hermano, el que siempre estaba ahí para los dos. Eras un santo, Julio, yo no entiendo por qué alguien haría esto contra ti, si tú no jodías a nadie nunca, ni siquiera molestabas. Chamo, sin ti me quedo solo, me quedo sin amigos, porque ya con José Manuel no puedo hablar como antes. Tú nos unías a los tres, éramos como uno solo, para arriba y para abajo. Ahora, ya ni sé de qué hablar con José Manuel. Tal vez lo de siempre, deportes, el trabajo, pero nunca de la vida como lo hacíamos, porque sabes que José Manuel siempre me ha dado un poquito de mala vibra. Estoy solo, hermano. Solo. Qué bolas todo esto, qué bolas... y lo más arrecho es que no es mi culpa. Bueno, tal vez sí es mi culpa, pero no era para que me diera un tiro, el muy degenerado. Y ahora anda por acá, con esa máscara blanca, haciéndose la víctima y el dolido. Qué falso, pana, qué hipocresía. Me metes un tiro y vienes con tu cara bien lavada a mi funeral, para mantener las apariencias. ¿No has podido decir que estabas enfermo, que tenías una diarrea o algo? No, claro que no, lo tuyo siempre ha sido la pantalla, pana. Deberías aprender de Román, que está allá junto a mi cuerpo botando cataratas por los ojos porque de verdad le duele. Eso sí es un amigo: a pesar de todos los problemas que tiene, me acompañó en la sala de emergencias, en terapia intensiva, hasta que me morí. La suya fue la última cara que vi. Y la tuya, nunca. Nunca la vi en el hospital.

Bueno, por lo menos todo esto me ha servido para saber quiénes son mis verdaderos amigos. Por allá está Fucho, que no ha parado de secarse las lágrimas con la corbata de Tasmania, qué personaje, hasta a los funerales trae esas corbatas ridículas. En cambio el desgraciado de Martín no le ha dicho un coño a mi mamá y no ha soltado el platico del buffet en todo el funeral. Ya debe haber repetido como tres veces. Ah, y el Edgar, por allá, que no me ha dado sus respetos y ha pasado todo el funeral cayéndole a mi prima Doris. Hay que ver que qué bolas la gente. Y mi mamá... qué demacrada está. Pobrecita... no se despegó de mi lado en el hospital, con sus 83 años... quisiera poder consolarla de alguna manera. Y todo esto no hubiera sucedido de no ser por el degenerado ese, estás tan pálido en ese ataúd, te ves tan pequeño, tan blanco. No puedo creer que estés ahí. Es mi culpa, chamo, es mi culpa, lo sé. Pero me dejé llevar, no era para menos. Traidor. No, no quería hacerlo, pero acababa de salir del trabajo y cargaba el revólver y el uniforme y la arrechera de esta ciudad donde nunca se resuelve un crimen, donde aparece el muerto pero no el asesino. Y yo lo hice también. Te prometo que termina el funeral y me entrego. ¿Qué le viste a María Gabriela? Nunca te gustó, me decías que era sólo para la cama, que era una vacía y una cabeza hueca. Entonces, llego a mi casa y te encuentro revolcándote con ella, mi mejor amigo en la cama con mi prometida. ¿Qué iba a hacer? Saqué el .38 y te apunté a la cabeza. Y tú me decías que no, que la puta era ella, que te había seducido, y ella gritaba, gritaba y lloraba. Yo también lloraba, Julio. Pum. Y ya. ¿Quién te mató, Julito? ¿Quién lo haría? ¿Quién me dejó sin mi mejor amigo, mi socio, mi compadre de la vida? Cuando se acabe el funeral le voy a pedir a José Manuel que te vengue, o sino que averigüe quién te disparó, hermano, que me diga quién fue para caerle a tiros. Estoy seguro que no descansará hasta que no tenga al maldito entre las rejas, Julio. Y yo tampoco descansaré. Lo buscaré y le sacaré cada uno de los dientes, si Román supiese, Julio, que fui yo. Si Román supiese que fuiste tú, José Manuel. Te partiría la madre. No esperaría menos de él.

María Gabriela siempre fue una puta, José Manuel. Te lo dije. Esa noche me rascó, me mezcló el whisky con el vodka y le echó cenizas de cigarro mientras no veía. Y yo qué voy a hacer medio inconsciente, mientras ella me metía la lengua por la oreja y me decía que era Adriana, porque me conocía. Sabes que todavía extraño a Adriana. Me usó, todo para demostrar que eras un pelele, José Manuel. Pero nos descubriste y no me diste la oportunidad de explicar. ¿Es que eso es lo que valía nuestra amistad? ¿Un hola y un tiro para el que te ayudó a entrar a la policía? ¿Para el que se caló todos tus peos existenciales? Bonita forma de pagar 15 años de consejos. Tremendo amigo. Es una lástima que nos pase esto a nosotros, amigas y amigos, que uno de los nuestros caiga a manos del hampa, que lo encuentren en medio de una calle tirado, con la lluvia corriendo por sus caídos cabellos, sin sus pertenencias, que hayan tirado la cédula al lado para que lo pudieran reconocer. Es una lástima que nuestros cuerpos de seguridad todavía no hayan encontrado al asesino, a ese vil ser que nos dejó sin Julio, un hombre excelente, intachable, un hombre de bien, un traidor al fin y al cabo, pero por qué me duele tanto si me traicionaste cuando más confié en ti, Julio. Te dejo en el bar para que me vigiles a María Gabriela, para que la llevaras a la casa cuando se acabara la maldita despedida de soltera, y te encuentro con ella en la cama. Y el olor a caña. Coño, el olor a caña.

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